martes, 07 de septiembre de 2010

Un día del mes de junio recibo una llamada desde Lima para invitarme a un crucero a la Reserva Nacional Pacaya-Samiria, corazón de la Amazonía Peruana, situada en el departamento de Loreto entre los ríos Ucayali y Marañón, desde Iquitos, aguas arriba por el río Amazonas.

A medida que avanzaba la conversación, fueron tomando forma en mi mente imágenes romántico- tarzanezcas, al punto de llevarme a aceptar la invitación antes de colgar. Estaba totalmente seducido por la idea, sin embargo, al rato se me vino al pensamiento una mala experiencia anterior en la selva centroamericana. Tarzán sucumbió ante la siniestra idea de una semana de navegación con calor húmedo en una cabina sin aire, mosquitos talibanes y gringos jubilados en busca de "la vivencia Animal Planet de su vida". No tenía dudas de haberme embarcado en un "panorama chino".

Paranoico con lo que se venía, y sin más remedio que armarme de paciencia, organizé el heterogéneo equipaje que imaginé necesario acarrear para enfrentar estos avatares: repelente y vitamina B (ambos para intentar sobrevivir a los mosquitos), bloqueador solar, ropa de algodón, cortaviento impermeable (de preferencia blanco para no atraer los mosquitos), binoculares, varios rollos de fotos, todo tipo de remedios para enfrentar -a lo menos- una enfermedad tropical, zapatos adecuados anti-serpientes y otros reptiles para caminar durante las excursiones en tierra; y para bancarme el aburrimiento durante los tiempos ociosos, un par de buenos libros, crucigramas, las infaltables revistas sociales, un Condorito, walk-man, CD's, etc.

Una semana más tarde, aterrizamos en Iquitos. Nos recibieron nuestros anfitriones de Junglex -empresa propietaria de los cuatro barcos que hacen la navegación- para trasladarnos al muelle y avisarnos que quien lo necesite, enviara su mail o hiciera su última llamada telefónica en ese momento, pues durante la navegación se pierde todo contacto con el mundo exterior.

La Amatista, el barco que sería nuestra casa y refugio por los próximos siete días, lucía encantadora y romántica. Se trataba de un barco fluvial de principios del siglo pasado, construido íntegramente en madera y pintada en colores amarillo, verde y marrón. Tiene diez impecables cabinas de madera barnizada en tono oscuro, con aire acondicionado, generosas ventanas y un baño de buen porte. La tripulación nos recibió con una simpática sonrisa y nos hizo sentir de inmediato en casa. Pocos minutos después de abordar, La Amatista comenzó a navegar aguas arriba por el río Amazonas. De pronto, y junto con el primer pisco sour del viaje, el aburrimiento que imaginé antes de salir de Santiago (Chile) desapareció: la temperatura y la humedad eran perfectamente soportables, no habían mosquitos y los gringos que habían embarcado no parecían ser tan feroces. Me apronté a almorzar en medio del río y tuve la sensación de que lo que venía "prometía".

La comida a bordo era sencilla y sin mayores pretensiones, pero -como toda la cocina peruana- era muy sabrosa y variada. Diariamente se preparaban pocos pero deliciosos platos. La inexistencia de esos fastuosos buffet de crucero común -que al segundo día dejan a los pasajeros a punto de reventarse por el exceso de comidas y la falta de movimiento- hizo que uno se sintiera liviano y con energías durante todo el trayecto.

La vida en el barco fluía apacible. Los tiempos están bien organizados e incluyen hasta reponedoras siestas. El ambiente es relajado. Nada de formalidades ni bijouterie ni tenidas de alta noche. Durante las mañanas y tardes se hacen excursiones en lancha para el avistamiento de animales. A través de los binoculares se divisan todo tipo de aves ( guacamayos, cigueñas, garzas, martines pescador, etc); caimanes; serpientes; delfines rosados; osos perezosos; monos, etc. Los guías son maestros para avistar los animales y dirigir las miradas de los pasajeros. Los paisajes que la Reserva va desplegando a medida que las lanchas se internan, parecieran haber sido diseñados por geniales y enfebrecidos paisajistas. Gigantescos árboles milenarios, plantas acuáticas, flores y enredaderas, conviven en perfecto y bello equilibrio con la diversa fauna local. La percepción de ese equilibrio me produjo una constante e intensa emoción.

Durante los tiempos prolongados de navegación, los guías nos instruyeron sobre sus experiencias en la selva, de la vida humana y animal en el río, de botánica, ecología, educación para la protección del medio ambiente, etc. Cada noche, cerca de las 22:00 horas y gracias a su calado, el barco atracaba en cualquier parte a orillas del río y suspendía la navegación hasta las 06:00 am. A consecuencia de ello, se dormía plácidamente, acompasado por los intensos ruidos de la selva, y con una agradable sensación de protección y seguridad en la cabina.


Publicado por SusanaxD @ 0:51
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